¿Quién gana con los MOOC?

Retos de la innovación en educación - Ilustración de Lucy VigrassEn su día ya os hablamos del auge que están experimentando los MOOC (Massive Open Online Courses, o Cursos Online Masivos y Abiertos) y también de sus principales características. Posteriormente, publicamos una selección de 10 MOOC que consideramos útiles para los profesores universitarios. Y hoy nos detendremos en otro detalle, no menos importante, relacionado con estos programas: quién gana con ellos, aparte de los propios alumnos, que son quienes reciben una formación de calidad de forma gratuita o por un precio simbólico.

El refranero español suele afirmar que “Nadie da duros a pesetas” para recordarnos que, por lo general, detrás de cada acto no lucrativo suele haber algún interés. Según esta misma lógica, cuando una institución ofrece de manera gratuita algo que habitualmente cuesta dinero es porque espera obtener algo a cambio. Y los MOOC no son una excepción, ya que si alguien asume los gastos relativos a los medios humanos (profesores) y materiales (plataformas tecnológicas) necesarios para su puesta en marcha es porque espera recibir un beneficio.

Por lo general, los MOOC suelen nacer del impulso de dos tipos de instituciones: las empresas privadas o los centros universitarios. En el caso de las compañías privadas, el coste de los cursos gratuitos que promueven procede de las partidas destinadas a Responsabilidad Social Corporativa (RSC) y, por tanto, ése es el objetivo de su apuesta por los MOOC: mejorar su imagen ante la sociedad democratizando la formación universitaria, lo que fomenta la empleabilidad y la inclusión social de todo tipo de colectivos sociales. Un buen ejemplo de ello lo encontramos en la plataforma iberoamericana MiríadaX, desarrollada por Banco Santander y Telefónica y en la que colaboran casi un centenar de universidades.

Por su parte, las instituciones universitarias han visto en el lanzamiento de este tipo de programas una magnífica herramienta de marketing para dar a conocer su oferta educativa (de pago, se entiende). Al fin y al cabo, es habitual que muchos de los alumnos que cursan un determinado MOOC acaben interesándose por un curso, grado o posgrado de esa misma institución, en el que profundizarán en los contenidos en los que se han introducido gracias al MOOC.

El caso paradigmático es Coursera, una plataforma de MOOC promovida por la Universidad de Stanford y en la que colaboran otras prestigiosas instituciones de educación superior. También tenemos edX, una iniciativa del Instituto Tecnológico de Massachusetts y la Universidad de Harvard en la que también participan otros centros (por ejemplo, la Universidad Autónoma de Madrid), o UNED Abierta, impulsada por la Universidad española de Educación a Distancia.

Y tanto si el programa ha nacido del impulso de la empresa privada como si ha sido proyectado por una o varias universidades, quienes siempre ganan con su puesta en marcha son los profesores. Aunque en la mayoría de los casos su participación en los MOOC tiene un carácter voluntario y, por tanto, no incluye una remuneración extra (hay algunas excepciones), lo cierto es que estos programas les permiten conocer y experimentar con nuevos formatos docentes y con las últimas tecnologías educativas.

En este sentido, la utilidad de los MOOC es similar a la de otras herramientas que permiten a los profesores probar nuevas vías de comunicación con sus estudiantes. Por ejemplo, plataformas de eLearning como MyLab&MasteringMyLab en español, desarrolladas por Pearson, y que también apuntan en esa misma dirección. Y los alumnos también se benefician de estos formatos, ya que constituyen una primera toma de contacto con la formación online que puede animarles a matricularse, en el futuro, en algún otro programa a distancia.

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