El impacto de la piratería en ámbito de la educación

El impacto de la piratería en el conocimiento hackerSegún señala el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (RAE) en su tercera acepción, la piratería es “el robo o destrucción de los bienes de alguien”. Conviene realizar esta aclaración inicial, porque durante los últimos años nos hemos acostumbrado a escuchar este término para definir un buen número de actividades que no siempre guardan relación con lo que realmente se entiende por piratería.

Por ejemplo, se ha tendido a identificar este concepto con la descarga gratuita de documentos digitales (música, películas, etc.). Sin embargo, cualquiera puede descargarse archivos gratuitos y no estar cometiendo un acto de piratería si, por ejemplo, se trata de documentos compartidos libremente y que no están protegidos por derechos de autor.

También se ha mezclado la piratería con adjetivos como ciberdelincuente o hacker, como si todos formaran parte de la misma realidad. Lo cierto es que la piratería la ejerce quien trafica con bienes cuya autoría corresponde a otro, mientras que un ciberdelincuente comete actos ilegales en su propio beneficio (ya sea para alimentar su ego o para enriquecerse), y un hacker es el activista que, de forma anónima y altruista, protagoniza acciones (legales o ilegales) para denunciar algo que considera injusto o para difundir su forma de pensar.

La piratería en el ámbito de la educación

Realizadas estas matizaciones, la piratería es una práctica que afecta directamente al ámbito del conocimiento (en su reproducción, distribución y comercialización) y, por tanto, que está muy presente en el seno de la vida universitaria. Por ejemplo, la reproducción de obras impresas protegidas por derechos de autor es una infracción tan socialmente aceptada que es posible fotocopiar páginas de un libro en un establecimiento comercial a la vista de todo el mundo, pero también en muchas máquinas fotocopiadoras de las propias universidades.

Los mayores daños para los autores y editores están relacionados con los actos de piratería a gran escala, es decir, con los que afectan a la copia de obras completas. Según las estimaciones del Centro Español de Derechos Reprográficos (CEDRO), estas acciones arrojan unas pérdidas económicas de 270 millones de euros al año sólo en España, lo que equivale a la reproducción de 4.812 millones de páginas con derechos de autor. Y la situación es común a toda Iberoamérica, donde se fotocopian más de 50.000 millones de páginas de material protegido.

Estas pérdidas son inversamente proporcionales a los beneficios que reciben quienes se encargan de la distribución y comercialización de los documentos falsificados. Hasta el punto de que, según CEDRO, “en muchos casos la llegada de las obras piratas al mercado se produce antes que las obras originales. Incluso en canales habituales de comercialización, como las librerías, son centros de venta de copias piratas”.

La consecuencia de este fenómeno es que la industria editorial termina reduciendo la inversión en nuevos autores y en investigación y desarrollo de nuevos productos. Y lo mismo sucede con el resto de industrias culturales (las compañías musicales, los creadores de videojuegos, los desarrolladores de herramientas tecnológicas o las empresas de cine). Es precisamente por este motivo por el que toda la industria del conocimiento viene reclamando desde hace varios años un mayor esfuerzo global en la defensa de la propiedad intelectual.

El concepto clave es el de propiedad intelectual

pirateríaEste término, el de propiedad intelectual, viene a decir que todo ser humano que ha generado un trabajo basado en su conocimiento tiene derecho a recibir una remuneración o reconocimiento por la elaboración de dicho trabajo. Y el problema con el que choca hoy en día la propiedad intelectual es la proliferación de lo digital, que ha facilitado la labor de quienes realizan actos de piratería, ya sea descargando un libro sin pagar los derechos a su autor o utilizando las ideas de otro como si fueran de uno mismo (el clásico copia y pega).

Proteger la propiedad intelectual ha impulsado importantes cumbres a nivel internacional (la Convención de Roma de 1962, la de Ginebra de 1971, etc.), así como una abundante legislación. Pero son normas que se crearon cuando todavía no existían Internet, los ordenadores, las tabletas y los libros electrónicos. La realidad ahora es otra y tanto los gobiernos como las industrias culturales y las sociedades defensoras de los derechos de autor intentan adaptarse a las nuevas formas de distribuir y consumir conocimiento.

Porque la protección de quienes generan conocimiento no es discutible, tal y como indicaba la Unesco en el informe “Hacia las sociedades del conocimiento”, elaborado en 2005: “Es impensable una sociedad del conocimiento que no esté basada en la libre circulación de los conocimientos, pero tampoco cabe pensar en una sociedad exclusivamente basada en una cultura de la gratuidad, porque no hay sociedad sin actividad económica”.

Tomando esta idea como punto de partida, las fórmulas que se están utilizando para poner freno a la piratería son muy variadas. Por parte de las industrias editoriales, las soluciones están pasando por el uso de técnicas que impidan la copia ilegal e ilimitada de los contenidos digitales, como la encriptación, la autenticación de la fuente y el destino, la puesta en marcha de controles de acceso o la vinculación directa de los contenidos a los derechos digitales.

Open Access y Creative Commons

Otra alternativa defendida por muchos es la filosofía del Open Access, que aboga por un conocimiento abierto y común, pero a la vez respetuoso con los autores originales de cualquier tipo de documento intelectual. En base a esta corriente han nacido organizaciones como Creative Commons, cuyas licencias autorizan la reproducción de la información de otros autores en condiciones que garantizan un reconocimiento para los mismos.

Luchar contra la piratería también pasa por combatir las causas que la originan. Por ejemplo, el derecho a la propiedad intelectual o industrial no puede ser utilizado como excusa para que  compañías o autores mantengan posiciones de abuso en el acceso a sus creaciones (algo que se ha reprochado mucho a algunas firmas tecnológicas o farmacéuticas o incluso a la SGAE). En muchos casos, estas prácticas pueden forzar a la gente (sobre todo, a la que cuenta con menos recursos) a recurrir a alternativas de peor calidad o incluso a copias piratas y constituyen lo que algunos analistas han definido como “la privatización del conocimiento”.

La solución, según la Unesco, está en el término medio: ni todo el conocimiento puede ser gratis, ni el precio a pagar por ese conocimiento puede convertirse en una barrera de acceso para la mayor parte de la población. Apostar por este camino generará, según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, una sociedad en la que todas las personas podrán acceder al conocimiento y en la que generar conocimiento será un trabajo tan digno como cualquier otro.

Descubre los catálogos Pearson 2015-2016 de Educación Superior

Deja un comentario