Ciencias y Humanidades, dos ramas del saber condenadas a entenderse

Ciencias HumanidadesDicen que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra. Lo cierto es que los tropiezos pueden llegar a prolongarse durante siglos, como pone de manifiesto el debate reabierto durante los últimos meses en EE.UU., que ha vuelto a situar a las ciencias puras y a las humanidades como enemigos irreconciliables. Nada más lejos de la realidad, ya que basta repasar algo de historia para comprender que el pensamiento científico no existiría si no le hubiera precedido el filosófico, y que las humanidades se han beneficiado de los rápidos avances experimentados durante los últimos siglos por la ciencia.

Lejos de contribuir aquí a la absurda polémica sobre si las ciencias puras son más importantes que las humanidades o viceversa, el debate ha tenido, en este caso, un origen puramente economicista: el de quienes piensan que la educación debe estar al servicio del desarrollo económico y, por tanto, entienden que los sistemas formativos de los diferentes países deben tener como único objetivo proveer a sus respectivos mercados de trabajo de mano de obra cualificada. Y eso, en su opinión, exige más ciencia y menos humanidades.

Ciencias y Humanidades, ¿enemigos irreconciliables?

El argumento para quienes defienden esta teoría es que la constante evolución de la tecnología demanda ingentes cantidades de ingenieros, informáticos y programadores, pero no de filósofos, músicos, artistas o filólogos. Esta opinión cuenta con numerosos altavoces políticos, empezando por el mismísimo Gobierno de EE.UU., que en los últimos años ha impulsado los programas STEM (Science, Technology, Engineering and Mathematics: ciencia, tencología, ingeniería y matemáticas), sin aumentar en la misma proporción los recursos destinados a las humanidades.

Esta doble vara de medir ha provocado que las carreras basadas en las artes y las letras sean percibidas por los estadounidenses (y por la mayoría de ciudadanos occidentales) como un lujo demasiado caro como para ser subvencionado por el erario público. Pero también ha provocado enérgicas críticas entre quienes entienden que el desarrollo tecnológico no debería ir acompañado de un empobrecimiento cultural generalizado en el que la música, el teatro, las artes, la reflexión y el pensamiento crítico serían los principales daños colaterales.

Este debate, poco productivo y posiblemente interesado, nace de un punto de partida erróneo, ya que ni los avances tecnológicos son obra exclusiva de los científicos ni el mercado laboral está pidiendo la desaparición de las humanidades, sino su cooperación con la ciencia. Ya lo dijo Steve Jobs cuando presentó la tableta iPad, allá por 2007: “El ADN de Apple no es la tecnología, sino su combinación con las artes y con las humanidades”.

En efecto, una persona formada en humanidades necesita actualmente de la ayuda de un ingeniero para desarrollarse profesionalmente, pero exactamente lo mismo sucede en el caso contrario: el primero idea juegos, aventuras, canciones o historias, que el segundo convierte en aplicaciones móviles, series digitales, plataformas de música online o libros interactivos. Ambas ramas del saber están, por tanto, condenadas a entenderse.

Ciencias Humanidades ¿Enemigos irreconciliables? Lo mismo sucede en el caso de las ciencias sociales. Basta con tomar como ejemplo los institutos de opinión, responsables de esos sondeos de opinión tan de moda en muchos países iberoamericanos (Uruguay, España, Argentina, Venezuela, Guatemala…) por los procesos electorales que se han celebrado o están a punto de celebrarse. Pues bien, en estas empresas trabajan ingenieros, matemáticos y estadísticos (ciencias puras) codo con codo con sociólogos, politólogos, psicólogos y economistas (ciencias sociales). Porque los datos sólo son útiles para el desarrollo del ser humano si hay alguien que se encarga de interpretarlos…

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