Grandes crisis de los mercados (II): La tulipomanía

Precisamente un mes de febrero, pero de 1637, la locura de la tulipomanía, uno de los primeros fenómenos especulativos de masas que se recuerdan, tocó a su fin. En este período de euforia especulativa en la Holanda del siglo XVII, los desorbitados precios que alcanzaron los tulipanes y su posterior caída en picado llevaron a muchas personas a la ruina.

La crisis de los tulipanes protagoniza la segunda entrega de la serie que iniciamos con el corralito argentino, y uno de los capítulos de 15+1 Crisis de la Bolsa, un libro que recorre 15 grandes crisis de los mercados, incluyendo la actual, analizándolas con el objetivo de aprender a vencer a los mercados.

La tulipomanía es un ejemplo de las crisis relacionadas con las burbujas. Casas hipotecadas, compromisos de trabajo gratuito de hasta 15 años… El tulipán se convirtió en un objeto de ostentación y un símbolo de riqueza de la época y llegó un momento en el que todo valía para invertir en él con el sueño de hacerse rico sin esfuerzo.

El récord de venta lo batió el Semper Augustus (una variedad de tulipán como la de la foto), con 6.000 florines por un sólo bulbo, en Haarlem. Y para tener una perspectiva más clara de lo que significó, no hay nada como comparar cifras: con 2.500 florines se podían comprar 27 toneladas de trigo, 50 toneladas de cebada, 4 bueyes gordos, 8 cerdos gordos, 12 ovejas, dos cubas de vino, 4 toneles de cerveza, 2 toneladas de mantequilla, 3 toneladas de queso, una cama, un guardarropa y una jarra de plata.

La tulipomanía (1636)

Durante el siglo XVII, Holanda llegó a ser lo que hoy denominamos una «superpotencia». Mientras Europa Central se enzarzaba en la Guerra de los Treinta Años, Holanda vivía un momento de extremo optimismo. Abrió sus fronteras, redujo los aranceles y se lanzó de un modo innovador al comercio internacional. Desarrolló un sistema financiero eficiente y abierto al público. El precio de la vivienda se disparó, a la vez que los holandeses se volvían más consumidores y ricos. Este periodo se conoció como la Edad de Oro Holandesa y fue, sin duda, una de las primeras pruebas de que la apertura al exterior y la liberalización de los mercados podían generar crecimiento económico.

Como en todos los periodos de exuberancia, la gente buscaba objetos de lujo y distinción para hacer ostentación de sus riquezas. Los holandeses encontraron esos objetos en las flores, especialmente en los tulipanes. Los primeros bulbos de tulipán fueron introducidos en Europa por los turcos, de hecho, tulipán significa turbante en turco. Pronto se convirtieron en un símbolo de riqueza que se lucía orgullosamente en los jardines de los palacios holandeses.

Los coleccionistas clasificaban las distintas variedades de tulipanes según los colores de sus flores y les asignaban nombres según la jerarquía que ocupaban. El rey de los tulipanes era el «Semper Augustus».

El tulipán se prestaba a la especulación, era realmente un juego de azar. Un tulipán vulgar se podía convertir en un Semper Augustus por un raro propósito de la naturaleza. Años más tarde se supo que las distintas variedades de tulipanes eran causadas por un virus llamado Tulip breaking que atacaba al bulbo y producía unos cambios extraordinarios.

El mercado de los tulipanes era propio del verano, cuando los bulbos estaban fuera de la tierra, pero los comerciantes se las arreglaron para crear un mercado que estuviera vivo todo el año.

Así, mientras los bulbos estaban bajo tierra se desarrolló un auténtico mercado de futuros. ¿Cómo funcionaba? Los productores prometían entregar un bulbo de determinadas condiciones a la primavera siguiente y los compradores adquirían el derecho de entrega.

Según Charles Mackay, en 1635 se llegó a producir un acuerdo de varias decenas de bulbos por un precio de 100.000 florines, una cifra equivalente a un millón de euros actuales.

En octubre de 1636 un derecho sobre un bulbo se intercambiaba a 20 florines. A mediados de noviembre los derechos se intercambiaban a 50 florines, y en solo 15 días se doblaron hasta 100 florines.

La gente, de repente, se había vuelto loca. La voz corría por las calles, todo el mundo quería comprar contratos de futuros de bulbos porque los precios subían por semanas, por días, e incluso por horas. Las rentabilidades de las operaciones era de tal magnitud que la gente veía absurdo perder el tiempo trabajando en su oficio. Los que habían comprado Goudas (una variante más de tulipán) a 20 florines los vendían ahora a 225; los Generalíssimo habían pasado de 95 a 900 y los Croenen de 20 florines pasaron en pocas semanas a valer más de 1.200 florines.

Un cronista de la época nos cuenta que con 2.500 florines se podían comprar «27 toneladas de trigo, 50 toneladas de cebada, 4 bueyes gordos, 8 cerdos gordos, 12 ovejas, dos cubas de vino, 4 toneles de cerveza, 2 toneladas de mantequilla, 3 toneladas de queso, una cama, un guardarropa y una jarra de plata».

Era un auténtico chollo. Se comprara al precio que se comprara, siempre había compradores que venían después y nos pagaban más por nuestro bulbo. Se podían duplicar las ganancias firmando un contrato de compra de varios bulbos y revendiéndolos al día siguiente a un precio superior. Todo el mundo estuvo involucrado en el mercado de los tulipanes: tenderos, carpinteros, etc.

Pero en febrero de 1637, la locura tocó a su fin. Las ventas no fueron tan bien como se esperaba en primavera y empezaron a circular rumores de que ya no había compradores. Por mucho símbolo de estatus que representase un tulipán, todo tenía un límite. Y si a un aristócrata le pedían una cantidad exagerada por un tulipán cuya única función era mostrárselo a sus amigos durante las visitas, es lógico que algunos empezaran a optar por sustituir los tulipanes por otros objetos de lujo como pinturas, conciertos privados, etc. Los acuerdos sobre los contratos de futuros no se respetaron y un incumplimiento siguió a otro.

Los más afectados, como siempre, fueron los pequeños ahorradores que habían hipotecado sus casas y demás riquezas en busca de una ganancia rápida.

El economista austríaco J. A. Schumpeter observó que las burbujas especulativas suelen presentarse con el nacimiento de una nueva industria o tecnología, cuando la gente sobrevalora las ganancias potenciales y los nuevos proyectos atraen demasiado capital. Quizá los especuladores de 1630, cautivados por la novedad del tulipán, anticipaban el desarrollo de la floricultura holandesa, hoy la más importante del mundo.

Este análisis del caso de la tulipomanía procede de 15+1 Crisis de la Bolsa, un libro publicado por Pearson que se puede comprar en las tiendas online de FnacCasa del Libro y en nuestra tienda online. La obra recorre 15 grandes crisis de los mercados y cuenta cómo empezó la actual, analizándolas con el objetivo de extraer el aprendizaje necesario para vencer a los mercados.

Artículo elaborado por Manuel Caro

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